Durante el largo y crudo invierno del Pirineo aragonés, los difuntos se hallan vagando por los bosques y los valles, y el momento idóneo para ayudarlos a dirigirse hacia el Más Allá y concedan la fertilidad necesaria para el resto del año, es el carnaval. Fertilidad para la tierra, para los animales y para las personas.
Para que los difuntos hagan esta concesión, los vivos deben entrar en la primavera purificados, individual y colectivamente, sin culpas ni vicios. Por esa razón, todos los aspectos negativos se personifican en una figura alegórica que es juzgada y condenada a muerte, llevándose a la tumba las malas acciones de la población.
Carnaval es el nombre con que se denomina a los tres días que preceden al miércoles de ceniza. Posiblemente, el nombre proviene del término italiano carnevale, que significa adiós a la carne. El significado de la fiesta está unido a las viejas costumbres paganas de siembra, celebración del fin del invierno y llegada de la primavera, tratándose finalmente de un rito de fertilidad.
El carnaval aragonés está cargado de historia, sobre todo en el Alto Aragón, donde la fiesta se conserva en un estado de gran pureza, con figuras que nos transportan a tiempos míticos. Roberto Serrano, estudioso del carnaval del Pirineo, opina que la fiesta del carnaval es un homenaje a la naturaleza, entendido como el final del ciclo de invierno y la preparación para la primavera:
"No es casualidad la existencia de algunas figuras como las trangas de Bielsa que golpean el suelo para despertar la tierra o la del onso (oso en aragonés), un animal que se pasa el invierno durmiendo para despertar en la primavera."
Para Serrano se trata de la fiesta más intima de cuantas se celebran en el alto Aragón, al tratarse de una fiesta vivida por el pueblo, en la que los visitantes pueden disfrutarla como espectadores, pero los que de verdad participan y se involucran son los propios vecinos.
Absolutamente enraizados en la tradición están los carnavales de Bielsa y San Juan de Plan, que incluso se mantuvieron durante la dictadura, lo que ha permitido que podamos disfrutarlos con muchos de los elementos del pasado.
No ocurrió lo mismo con los de Nerín. Sin embargo, en este caso, la asociación Ligallo de Fablans de L'Aragonés se ha ocupado desde hace unos años de su recuperación, para lo cual ha trabajado en colaboración con los vecinos más ancianos, los que tuvieron oportunidad de vivir algún carnaval.
De todos los carnavales aragoneses, el más conocido es precisamente el de Bielsa. Se abre con un pasacalles en el que desfilan figuras míticas: el onso, las madamas, el amontato (una vieja que lleva encima a un hombre joven), las trangas (personajes con la cara pintada de negro, con cuernos, pieles y cencerros)...
En San Juan de Plan lo más característico es la ronda por todas las casas del pueblo que hacen los jóvenes, precedidos por un burro para cargar los alimentos. El burro lleva encima al muyén (muñeco del carnaval). Al final de la ronda del sábado se realiza una pasabilla, una especie de pasacalles encabezado por el burro, cinco madamas con los cinco mayordomos del carnaval, seguidos por el resto de la comparsa y que se dirigen al baile.
En el resto de Aragón destacan también otros muchos carnavales en los que la gastronomía tiene su hueco. En numerosos pueblos están presentes en estas fechas dulces típicos, como los crespillos, que son hojas de borraja rebozadas de harina y huevo y aderezadas con miel o azúcar. Tienen un simbolismo lunar, pues su ingestión trata de "encrespar" los poderes que la luna tiene sobre todos los fluidos.
Distintas formas de ver la misma vida
38. Carnaval
"La riña entre el Carnaval y la Cuaresma". Pieter Brueghel el Viejo. 1559
"El entierro de la sardina". Goya. 1812
"El carnaval en el Boulevard des Capucines". Monet. 1873
"Una noche de carnaval". Henri Rousseau. 1886
"Martes de carnaval". Paul Cezanne. 1888
"Carnaval". Guido Cadorin 1914
"Carnaval del arlequín". Joan Miró. 1924-1925
"Carnaval: el artista y su mujer". Max Beckmann 1925
"Carnaval". Rufino Tamayo. 1941
"Carnaval". Francisco Suñer. 1982
"Carnival at Sunset". Jack Levine. 1984
"Carnaval". Krysos. 1994
Este artículo fue publicado en este mismo blog el 15 de febrero de 2007.
Miles de líneas y de páginas se van a escribir sobre Paul Newman.
Personalmente, no tengo nada nuevo que aportar.
Simplemente que, cuando era muy joven y vivía en un piso de estudiantes con otras tres compañeras, junto a la puerta teníamos un póster de Paul Newman -exactamente el de la imagen-, y antes de salir hacia la facultad, le dábamos un beso. Todos los días.
Sabíamos que éramos muy jóvenes y muy tontas.
Hoy me gustaría tener ese póster junto a la puerta de mi casa. Y darle un beso.
Dentro de unas horas se clausura la Expo-Zaragoza-2008. Han sido 93 días en los que la ciudad ha soñado.
Hace unos días entrevistaban en la radio a una señora muy mayor que, sentada en esa especie de banco-escultura de mosaicos que recuerdan al Gaudí del parque Güell o a los mosaicos romanos, confesaba al locutor que ya lo había visto todo, "maño".
- Entonces, ¿por qué sigue viniendo?
- Por ver a la gente, maño. Es que aquí todo el mundo es tan majo, todos tan sonrientes, nadie se enfada ni grita... Está todo tan limpio. Ni una colillica, maño.
Para muchos, el meandro de Ranillas, llamado recinto Expo, ha sido una especie de mundo fantástico, la ciudad irreal. Ayer sábado, casi 130.000 personas lo visitaron.
Y ahora que termina, que va a dejar a más de uno con lo que llaman depresión post-expo, sería interesante recordar cómo empezó esta aventura que ha transformado la ciudad y que ha dado a sus habitantes una inyección de autoestima que, francamente, necesitaba como el comer.
De los cinco millones y medio de personas que durante estos tres meses han recorrido las calles de Ranillas, asistido a los espectáculos o que han aguardado con más o menos paciencia las colas de los pabellones, muy poquitas saben que la idea surgió en la cocina de una gallega afincada en la capital aragonesa.
A finales de los años noventa, en la mesa de la cocina de la orensana María Milagros Rodríguez, ella y su marido, el arquitecto urbanista Carlos Miret, trataban de digerir una tragedia personal: la muerte de su hijo Lucas, de 19 años.
Estos próximos días se pretende rendir homenaje al joven Lucas Miret.
Lucas era uno de los tres hijos del matrimonio Miret. Padecía de hemofilia, igual que una parte de los hombres de la familia, y había sido contagiado de sida en un hospital de Zaragoza por una transfusión de sangre contaminada. Pocos años después, en 1996, murió.
"Tras la muerte de mi hijo, mi marido se hundió y como arquitecto se derrumbó -recuerda Milagros en La Voz de Galicia-. Soy psicoanalista y sé, porque lo oigo todos los días en la consulta, que si él se destruye se destruye todo a su alrededor, así que le propuse que hiciera algo por su hijo y por nuestras otras dos hijas, un reto, como subir el Everest."
En lugar de enfrascarse en una larga batalla de demandas judiciales que nunca le iban a devolver lo que ella quería, optó por la vía de "crear y construir".
Una noche, en torno a la cena, sugirió a su marido que pusiera en marcha una Expo en Zaragoza aprovechando el tirón de la candidatura de Juan Alberto Belloch a la alcaldía de la ciudad. "Pensé que él, siendo ministro y viniendo de Madrid, no querría ser menos que Maragall y sus olimpiadas o que el alcalde de Sevilla y su Expo".
Miret empezó a darle vueltas, a caminar por el pasillo, y cuenta Milagros que vio cómo se ilusionaba con el proyecto. Dijo inmediatamente que una Expo como la de Sevilla no era posible, pero sí una como la de Lisboa.
Carlos Miret puso en marcha en el verano de 1998, con gran esfuerzo e impulsado por la necesidad de salir adelante, esta idea que ahora está a punto de llegar a su fin.
"Toda la familia hemos salido adelante, seguimos trabajando y no nos hundimos, ni nosotros ni las dos hijas preciosas que tenemos", dice Milagros.
Ella y su marido, que comparten sus vidas desde los 17 años, tienen el registro de la propiedad intelectual de la Expo de Zaragoza, que cedieron a la ciudad por un euro.
"Yo dije que me conformaba con que un lago del recinto se llame Lucas", afirmaba medio en broma sin saber aún si podrá ver cumplido ese deseo.
Existe un blog homenaje a Lucas que todos los que hemos visitado la Expo deberíamos conocer.
Imágenes: Avenida 2008 de la Expo, ayer sábado día 13 de septiembre (El Periódico de Aragón). El arquitecto Carlos Miret ante el pabellón de España (La Voz de Galicia). Maqueta de la Expo (Blog de los Voluntarios).
Que vivimos en una sociedad enferma -muy enferma- es algo que podemos comprobar cada vez que se produce un suceso de gran repercusión social. La tragedia de Barajas la pasada semana es una prueba de ello.
El miércoles día 20, a las pocas horas del fatídico accidente, pudimos ver a través de la televisión, tan atónitos como avergonzados, cómo una manada de presuntos periodistas, micrófono en mano, abordaban a los familiares de las víctimas exigiéndoles alguna declaración. Estaban todas las cadenas -todas, también las públicas- en directo, arañando audiencia más allá de la ética, de la dignidad, del pudor o, simplemente, del dolor.
Rostros desencajados por los nervios y por el miedo, pedían en silencio que se les dejara en paz. Pero los buitres nunca cejan.
Una señora de mirada perdida, ante la insistente pregunta del reportero ("¿viajaba algún familiar en el avión?"), decidió pararse y volverse hacia el periodista con esa educación que, incluso en los peores momentos, nunca se pierde porque se lleva en la sangre. Quien la lleva. A pesar de la pregunta tan poco pertinente, el impertinente reportero recibió una respuesta: "Mis niñas... mis dos niñas."
Pero la cosa no acaba ahí.
Hoy leo en la prensa algo que, definitivamente, me indica que esta sociedad nuestra está muy enferma.
El juez encargado de la instrucción del caso requisó 18 teléfonos móviles con fotografías de los restos del MD-82 y escenas del salvamento. El magistrado, irritado, calificó de "bochornosa" la abundancia de móviles que retrataban el desastre. Y no es para menos, porque esos 18 teléfonos sólo podían ser de algunos del medio millar de personas que ese día accedieron a la llamada zona cero, restringida a los periodistas, es decir personal de emergencias y policía.
¿Para qué toma fotografías de la tragedia alguien que, en principio, ha ido a socorrer? No estamos hablando de las imágenes que necesita tomar la policía científica para esclarecer las circunstancias del suceso, sino de personas que tomaron imágenes con su teléfono particular para hacer un uso particular de ellas.
El día después del accidente, el responsable de un semanario recibía la llamada de un joven ofreciendo un paquete de 20 fotografías, 20, tomadas en el lugar del accidente. Tanto las televisiones como los medios escritos han ilustrado sus informaciones con imágenes que ofertan los que las grabaron, y a los que se las han pagado a muy buen precio.
Pero no nos engañemos. Esta gente sin escrúpulos vende el dolor porque alguien se lo compra. Y quienes lo compran lo hacen porque la sociedad -y ahí estamos todos- devora esa clase de información.
En este tipo de historias hay muy pocos inocentes.
Este verano se están produciendo sucesos tan sorprendentes como trágicos relacionados con la muerte de menores en playas, piscinas o ríos... o incluso en el interior de vehículos aparcados a pleno sol.
Al estremecerme con la lectura de estas noticias, no puedo evitar acordarme de los miles de monitores de colonias y campamentos que durante estos meses están haciendo felices a muchos niños, favoreciendo su crecimiento en conceptos tan básicos como la autonomía personal, la solidaridad, el compañerismo, el respeto al medio ambiente... U otros aspectos aparentemente menores como "aquí se come de todo", y déjate de tonterías.
Yo no sé qué ratio tiene hoy día cada monitor de campamentos ni cada maestra voluntariosa que lleva una troupe a la Expo, por ejemplo. Pero lo cierto es que, llevando veinte niños, pierden menos que otros que sólo llevan uno.
Resulta doloroso este comentario cuando son niños los que han perdido la vida. Sé que sus padres no levantarán cabeza jamás.
Un niño se ahoga en una playa, en una piscina, en una playa fluvial... Saltan todas las alarmas.
Primero: ¿Dónde estaba el socorrista? Segundo: ¿Cuánto tiempo tardaron los servicios sanitarios, o bomberos, o uvimóviles...? Tercero: ¿Fue correcto el protocolo cuando el niño llegó al hospital? Cuarto: ¿Cómo es posible que un niño muera en una playa, en una piscina o en un río? ¿Puso el ayuntamiento de turno todos los medios para que eso no ocurra? ¿Son las normas, las leyes, o lo que sea, las adecuadas para prevenir los riesgos?
No he oído -quizás por la compasión que generan estos terribles sucesos- la pregunta primordial: ¿Por qué ese menor estaba sólo bañándose en la playa, en la piscina o en el río?
O por qué un niño de tres años sufre intoxicación etílica (ver noticia) al beberse litro y medio de cerveza en un descuido u otro de diez años (ver noticia) es ingresado con coma etílico durante las fiestas de su localidad. La culpa, sin duda, del pianista.
