No siempre recordar es bueno.
Sólo dos o tres personas, muy próximas, conocen mi autoría sobre este blog. Mi Teo (al que algunas cosas de mi otro blog no le hacían ninguna gracia, a pesar de que había más fantasía que realidad), me dice que me mojo poco. Que debería plasmar en el blog ese espíritu crítico que dice que tengo, y ese nervio que a veces me pierde. Y yo le digo que quiero que mi blog sea una isla.
Aquí no quiero malos rollos. Le digo: Mi blog es como llegar a casa y quitarse una los zapatos.
Cuando llegué a La Coctelera, en un ataque de calentura y de ignorancia, falté al respeto a uno de los cocteleros hoy día más activos. Nunca me lo he perdonado. Decidí que la pasión debería caminar por otros senderos.
No pienso entrar en el juego de la crispación gratuita, en este cambalache artificial en el que vivimos los españoles. Creo, sinceramente, que hay temas muchísimo más interesantes que el estatut, o la reforma educativa.
Digo más interesantes, no más importantes. Pero es que la importancia en resolver cuestiones se las dejo a quienes saben y pueden resolverlas. El interés es particular.
No niego que otras personas puedan tener esos intereses. Pero a mí me interesa muchísimo más la obra de Edward Hopper u Óscar Astromujoff que el sistema educativo español. Mi vista la dejo en manos de mi oculista, mis dientes en manos de mi odontólogo y mis pies en manos de mi podólogo. Y mi futuro en manos de mi ginecólogo. Y dejo que mi tiempo lo ocupe lo que a mí me gusta y me interesa.
Pues bien. Haciendo mudanza, levantando la casa en la que he vivido más de diez años, aparecen recuerdos entrañables, generalmente en forma de cartas o fotografías.
Y entonces, esa actividad que debería durar un par de días, se transforma en un sobrecogedor resumen de recuerdos, en ocasiones casi insoportable.
He mirado con Teo unas fotos antiguas, de un primer noviete. Era un guapísimo y jovencísimo encantador que nunca llegó a cumplir los veintitrés años.
Jamás me consoló que decidiéramos separarnos antes de que la carretera nos lo arrebatara definitivamente. Y su recuerdo aún me duele a pesar de que hoy día probablemente no seríamos ni viejos amigos si no se hubiera cruzado la muerte detrás de una señal de stop.
Conservo aquellas fotografías y me sigue doliendo cuando las veo. Como me duelen las imágenes de otros seres cercanos que ya no están. Se rescatan cartas que sólo tienen sentido para una misma. Se reviven compromisos incumplidos, promesas traicionadas. Y se revive la vida. La misma vida.
Y esa misma vida vuelves a encajonarla, y a ponerla en el fondo del nuevo cuarto trastero.
Y ahora que el oculista me ha dicho que necesito gafas para ver la vida, pienso que los recuerdos son lo que son. Que todo estuvo bien mientras duró, y que la vida empieza cada mañana, un poquito antes de que suene el despertador.
Ya he terminado la mudanza. Espero poder seguir sorprendiéndome con la vida real. Con todo lo que me rodea y, además, me importa. Espero haber empaquetado bien los viejos recuerdos y haberlos guardado muy al fondo del nuevo cuarto trastero para, conservándolos, no tener que estar con ellos a cada momento.
Gracias a los que leéis habitualmente este blog. Espero que el sentimiento de cariño sea mutuo.
Lo es, lo sé.

Siete dijo
Al menos tu has hecho hueco en tu nueva casa para conservar los viejos recuerdos. Por ahí leí que alguien los quemó, los hizo desaparecer tras una fogata de ingratitud hacía palabras dichas desde lo mas hondo del corazón, quemando así también, y casi sin darse cuenta, una parte de su vida.
19 Noviembre 2005 | 07:51 PM