Doña Ángeles.
Es nuestra historia, la de España: tuvieron que marcharse de su tierra y supieron encontrar en la nueva el abrazo que tanto necesitaron.
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Doña Ángeles nació en Belchite, a unos 48 kilómetros al sur de Zaragoza.
Durante la guerra civil española, Belchite fue completamente destruido y se calcula que los muertos en la batalla fueron unos seis mil. Una terrible cifra para una pequeña comarca del secano aragonés.
Su interesante patrimonio histórico, de influencia mudéjar, quedó arrasado en el verano de 1937. Nunca fue reconstruido. Hoy día conviven el pueblo nuevo y el viejo, intentando mantener viva la memoria de lo que nunca debería volver a ocurrir.
De lo que nunca debió haber ocurrido.
Doña Ángeles emigra a Cataluña, como tantas familias aragonesas (andaluzas, murcianas, extremeñas), y trabaja de costurera. Conoció a Josep, lampista. Se enamoró, se casó, vivió en la calle del poeta Manuel Cabanyes, en el denominado Poble Sec, un barrio de Barcelona. Y tuvo hijos.
Al pequeño de los hijos de doña Ángeles le pusieron Juan Manuel, o Joan Manuel, pero le llamaban Juanito. Con diez años, Juanito tenía, en su calle del Poble Sec, un gato peludo, funámbulo y necio, que le esperaba en los alambres del patio a la vuelta del colegio. Tenía un balcón con albahaca, y un cielo azul, y un jardín de adoquines y una historia que quemar temblándole en la piel. Tenía una casa sombría, que doña Ángeles vistió de ternura. Tenía un canario amarillo que sólo trinaba su pena oyendo algún viejo organillo o la radio de galena.
Y en julio, en Aragón, tenía Belchite.
Don Josep, doña Ángeles y sus hijos acudían los veranos al pueblo de Belchite. Y allí los niños jugaban con otros niños, en aquellos veranos sin escuela, con el ombligo al aire, en las acequias, en los establos, en las ruinas del viejo Belchite, robando uva y maíz, chupando caña y regaliz. Los niños reconocieron más tarde que fueron felices.
Una historia demasiado común, en aquella época.
Por circunstancias de la vida, un día le preguntaron a doña Ángeles que de dónde se sentía. Esa pregunta que quienes emigraron se han hecho a sí mismos tantas veces. Doña Ángeles no lo dudó. Lo ha contado su hijo Juanito en alguna ocasión.
"Soy de donde comen mis hijos".
Supongo que llegó un momento en el que doña Ángeles empezó a estar harta de tener que decidir de dónde era. O quizás eso no le preocupó jamás porque siempre lo tuvo muy claro. Probablemente, su calle. Una calle que no valía dos reales, oscura, torcida y con nombre de poeta; aquel rincón donde nunca entraba el sol, con cien portales rotos a trozos y una fuente donde bebían niños, gatos, palomos y perros...
Y a doña Ángeles le preguntaban que de dónde era: "De donde comen mis hijos". Es la historia real de España.
Cada vez que he visto y escuchado a su hijo, a Juanito, he pensado en doña Ángeles. Y, sin haberla conocido, he admirado su fortaleza, su sencillez y su inteligencia. Y el inmenso cariño que supo transmitir a los hijos, a la tierra y al tiempo que le tocó vivir.
Doña Ángeles se casó con don Josep Serrat. Su hijo, Joan Manuel, el de los billares, el del fútbol, el de la calle, el de los veranos en Aragón, el que canta, ha sabido contarnos esas historias.
Xavi me lo ha recordado en un comentario a un artículo anterior. Y le doy las gracias.

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Podemos recordar las letras de las canciones "Mi niñez" y "El meu carrer", que han estructurado este artículo, cariñoso homenaje a los que tuvieron que marcharse de su tierra y supieron encontrar en la nueva el abrazo que tanto necesitaron. Hay gente que esto no lo entenderá jamás.

sotnasol dijo
Impresionante el relato, ha sido un verdadero placer leerlo.
Muchas gracias.
29 Noviembre 2005 | 06:55 PM