Sembrar la fantasía.
Los cuentos de hadas, duendes u otras criaturas mágicas se han venido transmitiendo de generación en generación, en todas las culturas, en todos los pueblos, a lo largo de toda la historia de la humanidad.
Al menos hasta ahora.
Y, sinceramente, no podemos decir que aquellos progenitores estuvieran menos ocupados que en la actualidad. Basta con observar cualquier tarde bares y cafeterías repletos de padres o madres esperando que sus retoños salgan de ballet, judo, piano, inglés o, simplemente, repaso.
Sembrar la fantasía en la mente de los niños es, sin lugar a dudas, un buen método para obtener de ellos los mejores frutos. Pero esa fantasía debe sembrarla una persona, no un electrodoméstico.
Una persona cercana al niño, que sepa transmitir cariño de manera natural; una persona que sepa gesticular, modular la voz, atraer el interés, captar la atención, creerse la historia que está contando y, sobre todo, estar plenamente convencida de que lo que está haciendo en ese momento -contar un cuento- es lo más importante del mundo, y todo lo demás puede esperar.
Puede parecer una tarea difícil y, al sentirnos poco preparados, preferimos delegar esa función en otra persona o en una máquina. Nuestros antepasados no necesitaron para sembrar la fantasía ni cursos de dramatización, ni estudios de pedagogía, ni conocimientos de psicología infantil. Para contar cuentos les bastaba ilusión, cariño, dedicación y recordar lo que les enseñaron los abuelos. O las tías.
Mary de Morgan (1850-1907) tenía muchos sobrinos a los que con frecuencia contaba cuentos de hadas y duendes. También les contaba los que ella misma escribía. Entre aquellos niños que escuchaban los relatos de Mary, se encontraba Rudyard Kipling, que muchos años más tarde se convertiría en el primer autor inglés galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Seguramente la tía Mary tuvo algo que ver en ello.
Louis Figuier, opinaba que los cuentos de hadas perjudican a los niños. Anatole France le responde:
"Figuier ha descubierto que las hadas son seres imaginarios. Por eso no puede tolerar que se hable de ellas a los niños. Y les habla del guano que no tiene nada de imaginario."
Añade Anatole France que las hadas existen, precisamente porque son imaginarias. Existen en las mentes ingenuas y frescas, naturalmente abiertas a la poesía siempre joven de las tradiciones populares.
Concluye Anatole France:
"El más pequeño libro que inspire una idea poética, que sugiera un buen sentimiento, que mueva el alma, en fin, vale infinitamente más para la infancia y la juventud, que todos vuestros libracos atestados de nociones mecánicas."
No sé si es una impresión mía, bastante pesimista, pero me parece que nuestros institutos de bachillerato están llenos de jóvenes a los que nunca nadie jamás les ha contado un cuento. Salvo aquella voluntariosa maestra que tuvieron en la escuela infantil.
M. de Lescure, en su antología de narraciones infantiles "El mundo encantado" dice:
"El ensueño, más que la alegría, distingue al ser humano de los animales y establece su superioridad."

Flanagan dijo
Un post maravilloso.
3 Marzo 2006 | 12:31 PM