La escritora argentina Eve Leone, autora de "Cuentos de Elfos y Gnomos", se sirve de éstas y otras criaturas fantásticas para demostrar que no existen límites para la fantasía. Opina que por encima de las normas establecidas y de los prejuicios se encuentra la imaginación individual, y que ésta debe dejarse en completa libertad.
En la actualidad contamos pocos cuentos a los niños. La mayor parte de las veces dejamos que las viejas narraciones populares se las cuente un DVD con dibujos animados que, atendiendo a lo políticamente correcto, ha manipulado el relato para convertirlo en una historia light, aburrida e insulsa.
Leyendo algunos libros para niños me quedo asombrada al comprobar que lo más fantástico que sucede a los protagonistas es que se encuentran a un monstruo que está triste y deciden ser sus amigos y llevarlo a la escuela con ellos para que aprenda las tablas de multiplicar, juegue en el recreo a fútbol, meta tres goles y se convierta en el ser más popular del barrio.
Los lobos ahora meriendan con la abuelita y con Caperucita, los dragones llevan ramos de flores a las princesas de las que están enamorados y serán finalmente correspondidos, los ogros realizan trabajos sociales, las brujas preparan madalenas para los chicos del pueblo... Hemos eliminado el concepto de "maldad" para que los niños no sufran y les hemos dejado desamparados, pues la bondad ya no puede vencer a nadie, deja de tener referente y, por tanto, pierde el propio sentido. Y, lo que es peor si cabe, los niños se aburren leyendo y dejan de leer. A veces para siempre.
Los "Cuentos en verso para niños perversos", del genial Roald Dahl, sólo tienen sentido si los niños conocen la verdadera historia de la Cenicienta, de Caperucita, de Blancanieves, de otros personajes que están en nuestra memoria. El perverso Dahl toma los viejos cuentos, les cambia el final y destruye los mitos infantiles. Pero para destruir mitos, éstos tienen que existir. Al comparar y relacionar los nuevos personajes con los del viejo cuento, el que ya se saben (o deberían saberse sin censuras), apreciarán mucho más la tarea de contar las historias de otra manera, aplicando la propia fantasía.

¿Para qué son esos dientes tan grandes?
¡Son para comerte mejor!

El lobo se comió a la abuela, y luego a Caperucita. El cazador abrió la barriga de la bestia y rescató a las dos desdichadas. ¿Aquello nos traumatizó? ¿Nos quitaba el sueño imaginar a Caperucita devorada por un lobo malvado? A veces me da la sensación de que estamos criando una generación blanda, caprichosa y tirana que, encima, es desgraciada, pues les hemos cortado las alas de la fantasía.