En el post anterior hablaba de L.S., la mujer ecuatoriana que murió por un fatal accidente provocado por un vendaval durante una fiesta popular en la ciudad que la acogió, y que donó todos sus órganos antes de que su cadáver fuera repatriado.
Hoy he leído en "El Periódico de Aragón" esta columna escrita por Margarita Barbáchano que quisiera compartir con vosotros.

GENTE GRANDE.
La gente corriente, anónima, la que va por la calle todos los días enfrascada en sus cosas: el préstamo, la hipoteca, la entrevista de trabajo, las notas del chico, la maldita prueba médica que tengo que pasar, etc., es a veces todo un ejemplo y un referente a seguir. Un modelo de conducta en el sentido clásico de la palabra.
La mujer ecuatoriana que murió por la caída de un árbol en la Cincomarzada lo era, y su familia también. Sus allegados han donado sus órganos para que se salven otras personas, y lo han hecho sin hacer ruido, con discreción y en el doloroso silencio de la pérdida.
Lidia Salinas debía ser una gran mujer para que su entorno más cercano tomara esa generosa decisión. El maldito cierzo acabó con su vida pero ella y su gente no se amargaron pleiteando contra las instituciones por una rama caída, sino que ofrecen su sacrificio para que la primavera estalle en otros corazones.
Estas personas son a las que hay que distinguir socialmente por ser merecedoras del reconocimiento público. Yo les otorgaría la medalla de la ciudad, el premio Aragón a la solidaridad, algo importante que vista y dé valor a la distinción en sí misma. Únicamente de esta forma los premios seguirán teniendo sentido y la juventud verá que todavía en nuestra sociedad los valores morales tienen importancia. La infancia y la juventud necesitan ejemplos a seguir para no idolatrar al botellón de fin de semana o buscar a sus héroes en la PlayStation.
Claro que si luego va Chaves y le da la Medalla de Andalucía a la duquesa de Alba es como para colgarse de la botella.
Margarita Barbáchano, periodista y escritora. "El Periódico de Aragón", 17-3-2006.

Ya sé que son muchas las personas sencillas que donan sus órganos y dan la vida y la esperanza a otros seres que estaban ya desesperanzados y a un paso de la derrota. Muchas de estas personas generosas son jóvenes que tenían toda la vida por delante, cargada de proyectos e ilusiones y que se trunca por el accidente o por la enfermedad, golpes siempre tan injustos, mucho más si eran jóvenes.
Creo que lo que emociona de Lidia Salinas es la distancia, que multiplica el dolor, si cabe un dolor multiplicado.
Donar los órganos es prolongar la propia vida en la memoria, en el cariño, en el respeto y en la admiración no sólo de quienes reciben una nueva vida, sino también de las personas que conocieron y rodearon a la donante, y con la que ahora se sienten orgullosamente reconfortadas.
L.S., ecuatoriana de 40 años, es Lidia Salinas, y vive entre nosotros.