Las maletas están siempre presentes en la partida y en el regreso. Sin pretenderlo, volver al blog me ha traído historias de maletas, tal vez por la imagen "El regreso del indiano", de Eduardo Úrculo, que ilustró el artículo de mi vuelta a La Coctelera.

Volver es reencontrarse o reconocer un mundo raro -el anterior o el presente-, y estar siempre atendiendo la posibilidad de una nueva partida, con la maleta cerca, por si acaso. Y, naturalmente, la maleta es el símbolo de la emigración o del exilio.

De esta forma no premeditada se han ido hilvanando los artículos anteriores.

Recuerdo ahora la obra "Habitación de hotel", de Edward Hopper, donde se retrata la soledad de la joven viajera, con las maletas junto a la cama.

Quizás recién llegada, o tal vez a punto de marcharse. Cabizbaja, quizás temiendo lo que viene; tal vez añorando ya lo que se dispone a dejar.

Dice Juan José Millás, en su artículo "Las maletas y la muerte" que los muertos y las maletas están curiosamente asociados.

En los accidentes de automóvil, junto al cadáver, siempre hay una maleta abierta, con las tripas al aire. Echándoles un vistazo a esas vísceras, sobra hacer la autopsia al conductor. Hay maletas para un día, para un fin de semana, para un puente, y para toda la eternidad. Las maletas de los puentes largos se piensan para una semana, pero si uno las observa atentamente, en seguida advierte que estaban preparadas también para llegar al más allá. ¿Qué hace, si no, esa corbata oscura entre todas las prendas deportivas? ¿Por qué los zapatos negros, de cordones, si íbamos a estar todo el tiempo en el campo?

Pero aparte de esta visión humorística -este humor tan negro, tan nuestro-, Millás nos hace observar algo:

En las fotos que nos llegan de Grozni se ven muchos muertos, pero también muchas maletas. Maletas de cartón, de tela, de piel, incluso maletas de madera. Cuando las maletas se manifiestan de ese modo, en masa, es porque está a punto de producirse una masacre.

En el casco antiguo de Oviedo -sin duda una de las ciudades más hermosas de España, hay quien dice que de Europa-, podremos contemplar la solitaria figura masculina que, apoyándose en un baúl, con los pies rodeados de maletas, más resignado que desafiante -o tal vez no; sólo quizás expectante-, mira hacia un horizonte impreciso.

Es "El regreso de Williams B. Arrensberg" (1993), de Eduardo Úrculo, conocida como "El viaxeru".

Según Michael Mullan, en su obituario sobre la prematura e inesperada muerte del artista, para Úrculo, ciertos objetos, como los sombreros, los abrigos, los bancos y las maletas, están cargados de simbolismo sobre la condición humana.

Distintas formas de ver la misma vida. 26
Maletas y sombreros de Eduardo Úrculo.

1.- "El regreso de Hopper". 1990.
2.- "El regreso". 1996.
3.- "El equipaje japonés". 1999.
4.- "Viaje peligroso". 1996.
5.- "El regreso del indiano". 1990.
6.- "Lluvia sobre Dublín". 1995.