...y el pícaro gordo se las comió.
Cuanto más pequeño es un pueblo, más fuertes son los vínculos que unen a sus habitantes, tanto para bien como para mal.
El nacimiento de un nuevo miembro ha sido tradicionalmente celebrado por toda la comunidad. No en vano, tener muchos hijos se consideraba una bendición divina, ya que suponía manos para el campo y mejora de la economía familiar.
En Benasque se conserva una tradición según la cual los amigos y conocidos acudían con sencillos obsequios para la parturienta. Con todos ellos, la familia los invitaba a comer y a beber, en la llamada "comida de fornigons", ya que en caso de no hacerlo el niño podría tener alguna tara.
En Navarri y en Gistaín, si moría el primer hijo, al segundo no se le sacaba a bautizar por la puerta, sino por la ventana, para conjurar los males provocados por las brujas y evitar que este segundo hijo corriera la misma suerte que el primero.
También en Gistaín, para adivinar el momento del nacimiento del bebé, se tenía la costumbre de poner en agua una Rosa de Jericó, y cuando se abría la flor, nacía la criatura.
(La imagen de la izquierda es de Guillermo Lobera Temes)
A la Rosa de Jericó se la conoce universalmente como Flor Divina.
"Cuenta la leyenda que, cuando Jesús se retiraba a orar al desierto, la Rosa de Jericó, arrastrada por los vientos, se detenía dulcemente a sus pies y, de madrugada, después de abrirse con el rocío de la noche, ofrecía al Maestro las gotas de agua de sus ramitas. Jesús las tomaba con las yemas de sus dedos, llevándolas a los labios para calmar su ardiente sed. Conmovido, la bendijo."
Los padrinos eran los encargados de llevar al recién nacido a bautizar. La comadrona lo transportaba en sus brazos, y un amplio cortejo de niños esperaba en la puerta de la iglesia incitando al padrino con canciones y estribillos tales como
para que les arrojara frutas, monedas o caramelos. Curiosamente, en Teruel los niños tenían padrino, y las niñas, padrina, y no la pareja de ellos.
La madre debía pasar la llamada cuarentena de purificación, consistente en que durante cuarenta días no podía salir a la calle, ni ir a misa, ni tocar determinados alimentos o cosas, hasta que se cumplía el rito de purificación, a semejanza del de la Virgen María.
En Ansó, los acompañantes llevaban al bautizo sal, una toalla y un jarro de agua. La sal determinaba la vivacidad, la gracia y el despejo del recién nacido, por lo que se le pedía al cura que no fuera tacaño en su administración, ya que, además, los ingredientes se llevaban de casa.
Durante esos días llamados de la Virgen, el niño había tenido las manos sujetas o atadas bajo el pañal, y se las soltaban y sacaban fuera tras la purificación, lo que se llamaba sacamanetas. Tras la cuarentena, la madre presentaba al hijo a parientes y amigos en solemnes visitas de cumplido.
Cuenta Antonio Beltrán que a los niños se les besuqueaba, se les alzaba en alto, se procuraba obtener sus risas y se jugaba con sus dedos diciéndoles, mientras se tomaba cada uno de ellos:
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Lucas dijo
Adoro tus posts Luz... son sencillamente espectaculares! Que delicia volver a encontrar tu blog que fue el primero que lei de La Coctelera y siempre ha sido uno de mis preferidos.
24 Febrero 2007 | 03:16 PM