Ayer se murió Marcel Marceau. Ayer se murió un poco la fantasía, la ilusión, la genialidad. Su muerte me ha despertado. Estaba aburrida. Aburrida de los blogs, de La Coctelera, del monitor de diecisiete pulgadas.

Se muere Marceau y me recuerda otras pérdidas irreparables para la humanidad. Y no estoy exagerando.

Charlie Rivel: una de las imágenes de mi infancia. Ese payaso mudo al que nunca llegué a comprender y, sin embargo, por el que me sentía permanentemente atraída. Quería abrazarlo cuando lloraba y lanzaba sus lágrimas al cielo con aquel quejido que nos hacía reír. Su silla y su guitarra.

Fofó: más cercano todavía, más de casa. Hablaba. Tenía una mirada cómplice. Una sonrisa ingenuamente canalla. Estaba los sábados en la tele. ¡¡¿Cómo están ustedes?!! Probablemente fue la primera noción de la muerte que tuvimos los niños de aquella época. No sé si hemos llegado a aceptarla.Creo que a Marceau, el mimo, lo descubrí demasiado tarde.

Curiosamente, lo que más me duele (de verdad que me duele) es pensar que Pilar -las nuevas generaciones- no va a tener estos recuerdos de la fantasía personificada en seres de carne y hueso -o no-, con el rostro pintado, vestidos estrafalariamente, con pelucas de colores, con pajaritas de flores, con una lágrima de carbón que resbala por la mejilla.

Personajes que tal vez en su vida privada se emborrachan... y fuman, incluso. Seres que cuando se quitan el maquillaje son capaces hasta de morirse. Lo ha hecho Marcel.

Muerto finalmente Marceau, ¿qué nos queda?