¿Qué nos queda después de Marceau?, me preguntaba pesimista en el artículo anterior. Nos queda (es verdad) el recuerdo, como dicen los amigos que comentaron el post.

Y también nos queda, como dice el pato, la magia, las ilusiones, la luz y las sombras... nuestras miradas. Y la fantasía.


Según la mitología irlandesa, los leprechauns (un tipo de elfos o duendes que pasan la mayor parte del tiempo fabricando zapatos) son los guardianes de tesoros ancestrales que los Hijos de la Diosa Diana dejaron en Irlanda al marcharse a los mundos subterráneos de las hadas.

Suelen guardar estos tesoros en marmitas o calderos, evitando cualquier contacto con los seres humanos, a los que consideran bastante tontos.

Cuando en las noches de luna llena los humanos consiguen verlos, avisados por el sonido del martillo de zapatero, es porque los leprechauns están algo borrachos, por culpa de una bebida de elaboración casera. Pero nunca se emborrachan tanto como para que el martillo caiga de sus manos, o el trabajo con el zapato no sea perfecto.

La leyenda dice que los humanos podemos compartir sus riquezas, pero sólo si somos capaces de capturar a un leprechaun y forzarle a entregarlas a cambio de la libertad. Sin embargo, su gran inteligencia puede desbaratar nuestros planes, como demuestra este cuento titulado

"El granjero y el Leprechaun"


Un granjero se encontraba trabajando en sus tierras cuando descubrió por casualidad a un hombrecillo que se escondía bajo una hoja. Convencido de que se trataba de un leprechaun, el granjero capturó enseguida al hombrecillo en su mano y le preguntó dónde tenía escondido el oro.

El leprechaun sólo deseaba que le liberasen, por lo que enseguida le reveló que su tesoro se hallaba oculto debajo de un arbusto cercano.

Sin soltar a su diminuto cautivo, el granjero se encaminó hacia el lugar indicado, pero resultó que el arbusto estaba rodeado de otros cientos de arbustos idénticos.

Como no tenía a mano ninguna herramienta para cavar, se quitó uno de sus calcetines rojos y lo ató a una rama para marcar el arbusto que el leprechaun le había señalado. Cuando se dirigía a su casa en busca de una pala, el leprechaun le señaló que ya no necesitaba sus servicios para nada y le pidió que le liberara.

El granjero accedió, pero no sin antes hacerle prometer que no iría a quitar el calcetín ni a llevarse el oro.

Buena idea... pero no resultó como esperaba. Cuando el granjero regresó al campo a los pocos minutos, ¡todos los arbustos estaban marcados con calcetines rojos idénticos!

La gente suele decir que los leprechaunts son muy pequeñitos, pero el corazón que albergan es enorme.