Leyendas del Ebro.
Siempre se ha dicho que, desde hace muchas décadas, quizás siglos, Zaragoza ha vivido y crecido de espaldas a su gran río, ese padre río que da nombre a toda la Península Ibérica. Quizás la responsabilidad de esa actitud la tengan las leyendas que sobre él se han mantenido a través de generaciones, alimentándose de otras nuevas con el paso de los años. Algunas muy recientes.
El Puente de Piedra es el más antiguo de los que unen las dos orillas. Gótico del siglo XV, ocupa el mismo lugar que un anterior puente romano. La historia de la ciudad, y la del mismo río con sus crecidas, obligaron a que sufriera numerosas remodelaciones.
La riada de 1643 provocó el desplome de las arcadas quinta y sexta, lo que se recoge en el cuadro de Velázquez y Mazo de 1647.
En julio de 1813, las tropas napoleónicas destruyeron la última arcada, junto al Arrabal, al abandonar la ciudad. Fue reparado para que Fernando VII pasara por el puente el 6 de abril de 1814. Podemos conocerlo mejor leyendo el breve artículo "Historia de un puente de piedra".


En la primera imagen pueden verse las Casas de Aduanas todavía habitables.
Chema G. Lera escribe sobre las leyendas del Ebro y de otros ríos:
Es lo habitual: fuentes, lagos y ríos fueron en la antigüedad objeto de adoración y de prácticas rituales asociadas a la fertilidad. Para nuestros antepasados -y todavía para algún coetáneo que mantiene viva la memoria legendaria- los cursos de agua están poblados de seres de otros mundos y deidades protectoras: ninfas, náyades, lamias o lainas, fadas y donas d'aigua, xanas...
Chema nos habla de un curioso denominador común en las leyendas sobre el Ebro: las historias de decapitados cuyas cabezas eran arrojadas a las aguas. Emeterio y Celedonio fueron mártires decapitados en Calahorra, sus cabezas fueron tiradas al río Ebro, flotaron hasta el mar, dieron la vuelta a la península, y aparecieron en la playa del Sardinero, en Santander, de donde son patrones. O San Lamberto, que cruzó él mismo el Ebro con su propia cabeza recién cortada sujeta bajo el brazo.
Pero, posiblemente, las mejores leyendas las encierra el temido pozo de San Lázaro.
Justo bajo la tercera arcada del Puente de Piedra se encuentra el pozo de San Lázaro, del que se dice que es un ojo de mar que llega hasta Tortosa, una infinita sima que se traga todo aquello que cae en él. Es un lugar recurrente para aquellas personas que decidieron, voluntariamente o llevadas por las circunstancias, poner fin a sus vidas. Es el caso de hace más de cien años de aquella pareja de enamorados que ante la negativa de los padres para casarse, ataron sus cuellos con un solo cachirulo y se lanzaron al pozo de San Lázaro para no ser vistos jamás. Sus cuerpos nunca fueron recuperados.
En octubre de 1975, deportistas de la Federación Aragonesa de Actividades Subacuáticas sumergieron en las profundidades del pozo una imagen de la Virgen del Pilar elaborada en plomo de 150 kg de peso. La entronizaron a 18 metros de profundidad entre dos grandes bloques de piedra pesada, cuyas dimensiones en altura eran superiores a la de los propios buceadores. La imagen desapareció. Nunca más se encontró.
No es una leyenda el accidente que tuvo lugar unos años antes, el 20 de diciembre de 1971, cuando un autobús urbano se precipitó al río en ese punto y fue tragado por las heladas aguas. El fotógrafo Luis Mompel pudo dejar retratada para Heraldo de Aragón la imagen del salvamento de las víctimas antes del inevitable hundimiento.
Más de diez años después el vehículo pudo ser rescatado, convirtiéndose, ahora sí según la leyenda, en la excepción que confirma la regla de que todo cuanto cae allí desaparece para siempre.
Miguel Mena apunta en una entrevista en el blog de Antón Castro que tiene la inmensa suerte de cruzar hasta cuatro veces al día el río Ebro y que siempre le produce alguna emoción.
En esos 300 metros del puente hallo sensaciones nuevas y [en la novela “1863 pasos”] cuento muchas historias vinculadas con Los Sitios, con el pozo de San Lázaro y esa famosa foto de Luis Mompel de la gente saliendo del autobús hundido (...) Me emociona mucho el Ebro porque, aunque soy de tierra adentro y el mar me parece un inmenso y complicado desierto azul, tengo una querencia especial por las montañas y los ríos. Miro y puedo ver el Moncayo, que parece colgado del cielo detrás de la Almozara; miro y veo los piragüistas, los remeros, una puesta de sol excepcional. Son estampas que impresionan y a la vez relajan.
Ángel Petisme, escritor y cantante, tiene una canción titulada "El pozo de San Lázaro”, que es en realidad un repaso a los paisajes de su infancia en el Arrabal zaragozano.
Estaría bien que la Expo2008 nos reconciliara a los zaragozanos con nuestro río. Con nuestros ríos: ese Huerva escondido, ese Gállego despistado, ese Canal Imperial olvidado.
Estaría muy bien que, por fin, el Ebro se convirtiera en nuestro eje urbano sin que eso obligue necesariamente a abandonar las leyendas sino, más bien al contrario, continuar alimentándolas.


Lucas dijo
Me encanta leer tu blog y enterarme de pequeñas pedacitos de historia como este.
:)
16 Mayo 2008 | 04:57 AM