Antimisiles: Impactos cotidianos.
Que vivimos en un mundo extraño y hostil lo demuestran los pequeños detalles de la vida cotidiana.
Aunque no se lo crean, adoro a ese conductor que te acosa con su excesiva cercanía, que te saca el dedo corazón y te exige con la bocina que avances, ¡coño!, cuando toda la ciudad es un caos de obras, de lluvias, de saturación y de nervios.
La mala leche va dejando unos surcos en la expresión de los ciudadanos que ni la Corporación Dermoestética se atrevería a afrontar.
En Zaragoza, ya en vísperas de la Expo, todo empieza a ser demencial. Nos queda el consuelo de suponer que a partir del día 14 de junio todo será una fiesta y que después del 14 de septiembre la ciudad volverá a su calma habitual -esa ciudad demasiado grande para ser provinciana y demasiado pequeña para ser gran metrópoli-, pero con un adelanto de veinticinco años en infraestructuras. Supongo que lo notaremos en la vida cotidiana, aunque tengo mis reservas.
Pero, de repente, algo sobresalta el ánimo. Leo en la prensa que una batería de antimisiles protegerá la Expo. Y, dadas las circunstancias, no sólo se comprende sino que casi se agradece. Bueno, pateando la ciudad, la verdad es que no se comprende. Porque, en el fondo, es todo tan normal.
Hemos visto avanzar sobre el Ebro, casi milagrosamente por su complejidad, el Pabellón Puente de Zaha Hadid -¡ha pasado más de un año desde aquel post!-. La prensa local se encargó de relatar, día a día, esa interesante aventura de ingeniería.
Hemos visto crecer poco a poco la Torre del Agua, y surgir el puente del Tercer Milenio, tan raclamado por los ciudadanos desde hace años, tan imprescindible para la movilidad urbana.
Nuestros ojos están viendo nacer la Zaragoza del siglo XXI, como hace cien años la exposición hispano-francesa abrió las puertas del siglo XX. Aquélla conmemoraba el centenario de los sitios. Ésta -que surgió para conmemorar el bicentenario- se convierte en proyección de futuro.
Por eso me resulta todo tan normal y tan extraño a la vez. Normal en la percepción cotidiana de la realidad. Realidad extraña, al pensar que alguien ha pensado que pudiera alguien pensar en estrellar un avión sobre la Torre del Agua, o dejar una mochila-bomba en el Pabellón Puente o en el Acuario Fluvial, seguramente siempre lleno de escolares curiosos.
Pero, a la hora de la verdad, nada nos preocupa. Yo, personalmente, y entre otras cosas, estoy deseando contemplar in situ la escultura Splash, de 21 metros de altura, ubicada en el centro de la Torre del Agua, que representa la fuerza, la belleza y el dinamismo de una gota de agua impactando en una superficie. En el vídeo puede verse el proceso de creación de esta escultura.
Me gustaría creer que, para la humanidad, lo realmente importante es el impacto de una gota de agua. Y ningún impacto más.



africa-tiene-la-palabra dijo
Me gustó tu post-reflexión. Realmente sorprende que teniendo ante nosotros tanta belleza y pudiendo aprovechar un acontecimiento así para disfrutar y dar a conocer la ciudad algunos siempre piensen en hacer el mal y en romper la armonía.
Me pregunto si se invierte más en la expo o en armamento, si se emplea mas tiempo en los informativos en hablar de cultura o de meternos el miedo en el cuerpo hablando de medidas de seguridad...
Espero que las personas que visiten Zaragoza cuiden la ciudad y dejen todo tan bonito como estará el día 14.
un abrazo
8 Junio 2008 | 08:29 PM