La edad de un blog de tres años.
El próximo viernes, día 27, este blog cumplirá tres años. El tiempo pasa a una velocidad que empieza a darme miedo. A los viejos se les pasa el tiempo mucho más deprisa que a los jóvenes, y es una injusticia, porque son ellos los que ya van teniendo menos. O, simplemente, es ley de vida. Para un bebé de doce meses, un año es, exactamente, toda la vida. Un año en un octogenario es la octogésima parte de miles de experiencias, de alegrías y tristezas, de risas y llantos, de palabras y silencios. De paisajes, de miradas.
Una persona muy cercana a mí, cincuentón y gruñón, afirma que la década prodigiosa es la de los treinta, en la que el ser humano está pletórico en todos sus aspectos: "Además de aprender -dice- puede también enseñar".
"Con veintitantos se es demasiado inmaduro, inexperto, se tienen demasiadas ambiciones absurdas y huecas. Pretenden inventar un mundo en el que ya todo, todo, está inventado y miran con desprecio a los mayores sin atender al hecho de que tanto lo bueno como lo malo es obra de esos mayores. Ellos todavía no han aportado nada, absolutamente nada, a esta sociedad. Antes -opina- al menos los jóvenes tenían ideales. Cree que ahora sólo quieren ganar mucho dinero a costa de lo que sea, incluso de la autotraición."
Ni que decir tiene que no estoy de acuerdo, porque los veinteañeros siempre fueron así: sanamente ambiciosos, idealistas, críticos y rebeldes. Arrancaron los adoquines de las calles de París y ahora se acojonan con los inmigrantes y redactan leyes para expulsarlos sin miramientos, todo ello, eso sí, muy democráticamente.
"Con los cuarenta -opina esa persona tan cercana-, nos hemos acomodado, ya no queremos problemas, sólo estamos para pagar hipotecas, ir al Carrefour los sábados y que, en general -gobierno incluido- se nos moleste lo menos posible. Se vive por y para el trabajo, y en el rostro aparecen las primeras arrugas, y en el pelo las primeras canas, producto del primer desencanto."
Según él, en esas estoy yo, y que me vaya preparando. Yo no tengo ni canas ni desencanto, le respondo airada. Pero estoy empezando la década y tal vez me salve que fui madre tardana y aún tengo una niña muy pequeña que me exige vitalidad.
Él está en los cincuenta. ¿Y los cincuenta?, le pregunto a la persona tan cercana que comparte mi vida. "Los cincuenta, me responde, son el principio de la decadencia. Sale barriga y se empiezan a caer los pellejos y los cabellos, te empiezan a doler las rodillas y te despiertas sudoroso por la noche pensando que has entrado en el club de los hombres que deben ir mirándose lo de la próstata. Pero lo peor de todo -según él- es que te crees que ya no tienes nada que aprender y sólo puedes enseñar".
"Los cincuenta -y no ha hecho más que empezarlos- es la crisis absoluta. No eres joven, y te jode. Vas para viejo, y te jode más todavía. Ves tu vida hecha, sin posibilidad alguna de rectificación... Todo lo que se hizo mal... todo, ahí está. Nadie lo podrá borrar jamás". Cree que con los sesenta renacerán las esperanzas, cuando, con la jubilación, pueda dedicar todo su tiempo a aburrirse. "¿Ves? -le digo-, tú también menosprecias a los mayores."
A Teo estos primeros calores extremos del verano le sientan fatal. Así que ni siquiera intento decirle que busque en su memoria todo lo que hizo bien... todo, que también está ahí, y que tampoco nadie podrá borrarlo. Pero tengo la plancha que se me apodera, así que le pido que se deje de lamentaciones y vaya preparando la cena. Y él me responde que deje el blog, que mañana no tiene camisa que ponerse.
Un blog de tres años... ¿Con qué edad del ser humano se corresponde? El mío creo que está cincuentón.


ARQUEÒLEG GLAMURÓS dijo
Felicidades pues! Yo empece como blogger dos semanas mas tarde q tú aunque ahora me he mudado a otro sistema operativo!
25 Junio 2008 | 11:23 PM