Este verano se están produciendo sucesos tan sorprendentes como trágicos relacionados con la muerte de menores en playas, piscinas o ríos... o incluso en el interior de vehículos aparcados a pleno sol.

Al estremecerme con la lectura de estas noticias, no puedo evitar acordarme de los miles de monitores de colonias y campamentos que durante estos meses están haciendo felices a muchos niños, favoreciendo su crecimiento en conceptos tan básicos como la autonomía personal, la solidaridad, el compañerismo, el respeto al medio ambiente... U otros aspectos aparentemente menores como "aquí se come de todo", y déjate de tonterías.

Yo no sé qué ratio tiene hoy día cada monitor de campamentos ni cada maestra voluntariosa que lleva una troupe a la Expo, por ejemplo. Pero lo cierto es que, llevando veinte niños, pierden menos que otros que sólo llevan uno.

Resulta doloroso este comentario cuando son niños los que han perdido la vida. Sé que sus padres no levantarán cabeza jamás.

Un niño se ahoga en una playa, en una piscina, en una playa fluvial... Saltan todas las alarmas.

Primero: ¿Dónde estaba el socorrista? Segundo: ¿Cuánto tiempo tardaron los servicios sanitarios, o bomberos, o uvimóviles...? Tercero: ¿Fue correcto el protocolo cuando el niño llegó al hospital? Cuarto: ¿Cómo es posible que un niño muera en una playa, en una piscina o en un río? ¿Puso el ayuntamiento de turno todos los medios para que eso no ocurra? ¿Son las normas, las leyes, o lo que sea, las adecuadas para prevenir los riesgos?

No he oído -quizás por la compasión que generan estos terribles sucesos- la pregunta primordial: ¿Por qué ese menor estaba sólo bañándose en la playa, en la piscina o en el río?

O por qué un niño de tres años sufre intoxicación etílica (ver noticia) al beberse litro y medio de cerveza en un descuido u otro de diez años (ver noticia) es ingresado con coma etílico durante las fiestas de su localidad. La culpa, sin duda, del pianista.