Una sociedad enferma.
Que vivimos en una sociedad enferma -muy enferma- es algo que podemos comprobar cada vez que se produce un suceso de gran repercusión social. La tragedia de Barajas la pasada semana es una prueba de ello.
El miércoles día 20, a las pocas horas del fatídico accidente, pudimos ver a través de la televisión, tan atónitos como avergonzados, cómo una manada de presuntos periodistas, micrófono en mano, abordaban a los familiares de las víctimas exigiéndoles alguna declaración. Estaban todas las cadenas -todas, también las públicas- en directo, arañando audiencia más allá de la ética, de la dignidad, del pudor o, simplemente, del dolor.
Rostros desencajados por los nervios y por el miedo, pedían en silencio que se les dejara en paz. Pero los buitres nunca cejan.
Una señora de mirada perdida, ante la insistente pregunta del reportero ("¿viajaba algún familiar en el avión?"), decidió pararse y volverse hacia el periodista con esa educación que, incluso en los peores momentos, nunca se pierde porque se lleva en la sangre. Quien la lleva. A pesar de la pregunta tan poco pertinente, el impertinente reportero recibió una respuesta: "Mis niñas... mis dos niñas."
Pero la cosa no acaba ahí.
Hoy leo en la prensa algo que, definitivamente, me indica que esta sociedad nuestra está muy enferma.
El juez encargado de la instrucción del caso requisó 18 teléfonos móviles con fotografías de los restos del MD-82 y escenas del salvamento. El magistrado, irritado, calificó de "bochornosa" la abundancia de móviles que retrataban el desastre. Y no es para menos, porque esos 18 teléfonos sólo podían ser de algunos del medio millar de personas que ese día accedieron a la llamada zona cero, restringida a los periodistas, es decir personal de emergencias y policía.
¿Para qué toma fotografías de la tragedia alguien que, en principio, ha ido a socorrer? No estamos hablando de las imágenes que necesita tomar la policía científica para esclarecer las circunstancias del suceso, sino de personas que tomaron imágenes con su teléfono particular para hacer un uso particular de ellas.
El día después del accidente, el responsable de un semanario recibía la llamada de un joven ofreciendo un paquete de 20 fotografías, 20, tomadas en el lugar del accidente. Tanto las televisiones como los medios escritos han ilustrado sus informaciones con imágenes que ofertan los que las grabaron, y a los que se las han pagado a muy buen precio.
Pero no nos engañemos. Esta gente sin escrúpulos vende el dolor porque alguien se lo compra. Y quienes lo compran lo hacen porque la sociedad -y ahí estamos todos- devora esa clase de información.
En este tipo de historias hay muy pocos inocentes.



Lucas dijo
Al final del post me dejaste sin comentario.. eso mismo te iba a decir Luz, que esas imagenes se venden porque hay quien las compre. Y hay quien las compre porque hay millones de personas avidas de morbo que las quieren ver.
Tristemente nosotros mismos nos encargamos de que los medios sean asi.
saludos.
30 Agosto 2008 | 04:15 AM